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El hecho poético exige una transformación de la realidad, hablar a través del fondo opaco del mundo. La poesía como manifestación artística me permite rescatar esa voz antigua no escuchada y formalizar un discurso íntimo interno que permea toda mi realidad percibida. Con esta transmutación, registro la posibilidad de estar más cerca de mí. En una entrevista reciente hacía referencia a esta idea y argumentaba que el discurso poético me da cierta libertad para establecer relaciones que están vivas en la mente y en la vivencia conceptual pero que no encuentran presencia en el día a día, aunque tengan su inicio o final en él. El poema es su corpus, el poema es la posibilidad de su manifestación. La exploración de los elementos cotidianos con los inmateriales genera una línea de fuga, una búsqueda de autenticidad y, para mí, desemboca en una extraña comodidad. El hecho de sentirme cómoda en ese punto intermedio supone un aliciente para continuar ordenando mi propio caos a través del lenguaje. La vida es incoherente en todas sus dimensiones pero repudiamos esta característica; sin embargo, el poema es aquel lugar donde esta incoherencia experimenta su licencia para ser.

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